Historia de un Uber nocturno

Por @IroniaLd

Ciudad de México.- Trabajando tras el volante hay miles de historias que pudiera contarte, rompimientos de parejas, urgencias médicas, infidelidades, borracheras y claro no faltan los accidentes a los que estamos expuestos día con día. Esta es una de esas historias, mi historia de vida, el relato del día en que vi tan cerca la muerte que me hizo reflexionar sobre el verdadero propósito que tengo en esta vida.

12 de diciembre en México, día de nuestra Virgen de Guadalupe, por lo que no era de extrañarse que durante todo el día hubiera mucho movimiento. A mí en lo particular siempre me he gustado más el trabajar durante la noche, las calles de la ciudad libres para poder llegar a nuestro destino de una manera más rápida y así poder seguir con el siguiente viaje, uno tras otro hasta que nos alcance la madrugada para poder ir a descansar.

Así ha sido desde hace más de 4 años, esa noche, como cada noche, cerca de la media noche la aguja de la gasolina ya marcaba menos del medio tanque por lo que si quería tener un buen ritmo tendría que ir a llenarlo. Era ya costumbre, dirigirme a la gasolinera que se encuentra a 5 min de mi casa, era ya como una rutina para mí y conocía perfecto la zona e inclusive con los despachadores ya teníamos ese saludo cercano que empiezas a tener cuando los frecuentas prácticamente diario. Esa estación, como algunas otras, tenían una estación de policías en el segundo piso de sus oficinas, así que de alguna manera me hacía sentir un poco más seguro.

Al llegar a la gasolinera la rutina habitual, saludar a mi ahora amigo, pedir mis 20 litros de rigor y esperar que me diera mi factura para poder entregar al patrón, – espérame tantito, porque tengo varios coches- fue lo que me dijo el despachador, a lo cual no le vi problema teníamos esa familiaridad para saber que a mí no me preocuparía esperar 2 min más.

Me quedé estacionado del lado derecho del dispensario, bajé del carro esperando por mi factura, di la vuelta del carro y sinceramente en mi mente sabía que estaba mal, pero… ¿qué podía pasar?… me baje dejando la puerta abierta del carro y, peor aún, las llaves del carro pegadas al switch de encendido. Iba caminando por la parte trasera del vehículo para rodearlo, cuando vi de reojo como un hombre salió de entre los carros que se encontraban parqueados a un costado de la gasolinera, se subió al carro logro ponerlo en marcha, pero antes de que pudiera cerrar la puerta ya estaba yo aún lado de él impidiéndolo que lo lograra.

El instinto me hizo reaccionar, al verlo era un joven de no más 30 años con complexión delgada lo que me hizo empoderarme ante el –bájate mi carro wey, órale – lo que nunca vi es que no estaba solo. Ya del lado del copiloto había otro tipo sentado empuñando un arma, solo vi el destello que salió en medio de la oscuridad dentro del carro. A diferencia de lo que hubiera pensado, no me dolió como pudieran imaginarse, solo sentí un ligero golpe en el abdomen, lo que me hizo pensar que eran de salva.

Fueron unos segundos en donde me quede pensando a mil por hora que hacer, yo tenía mis manos en mi estómago sin estar seguro si me habían herido, hasta que sentí el tibio líquido llegando a mis manos, las mire y vi mi propia sangre entre ellas. Retrocedí, deje que el vehículo se alejara y camine a buscar al despachador, el corrió hacia mí al ver como mi chamarra café empezaba a tomar una tonalidad entre marón y guinda de donde no podía despegar mis manos
– ¿qué te paso?
– Me acaban de robar mi coche y me dieron un balazo.

No acababa de terminar la frase cuando 2 despachadores más ya estaban a mi lado, un joven y una chica a quienes les pude ver en su mirada la angustia y miedo al ver como ahora, ya había un charco de sangre sobre el que me encontraba parado.

Uno de ellos le grito a la chica -¡¡¡ háblale a una patrulla rápido!!! – ella salió corriendo y se escuchaba hasta donde estábamos – ¡¡¡Poli, poli, necesitamos una ambulancia!!! – perdí la noción del tiempo, pero sin darme cuenta ya tenía como 5 patrullas en frente de mí y no sé cuántos policías, quienes entre mi desesperación y casi inconciencia, me pedían mis datos.

Lo primero que hice fue marcarle al dueño del carro, no sé si fue por mi responsabilidad de entregarle cuentas o mi ignorancia de no saber lo mal que para ese momento me encontraba. No me contesto la llamada, así que tuve que marcarle a su secretaria, quien para esa hora ya estaba más que dormida. Por fortuna me contesto, aunque no estoy seguro que estuviera consiente hasta que escucho con mi voz entrecortada ¡Lupita me acaban de dar un balazo en el estómago, me robaron el coche, avísale al patrón por favor!, al no recibir respuesta del otro lado del teléfono, colgué.

Enseguida le marque a mi hermano para ponerlo al tanto de lo que me había pasado. Él vive conmigo y mi madre por lo que al estar hablando con él pensé en la salud de ella y reaccionando le dije que no le comentara nada para evitar que se fuera a poner mal, que le iba a hablar a nuestro otro hermano para que pudiera él venir a auxiliarme sin poner sobre aviso a mi madre.

A partir de aquí, el tiempo se me hizo eterno, la ambulancia no llegaba. Uno de los despachadores ya traía una silla – ¡siéntese, siéntese joven! – por ratos me sentaba, pero al estar inmóvil, mi cuerpo se empezaba a quedar sin fuerzas y el sueño o cansancio me ganaba, en un par de ocasiones escuchaba voces que me decían, – no te duermas, despierta – yo me levantaba y empezaba a caminar de un lado para otro y solo pedía a gritos ahogados que llegara la ambulancia.

Conforme fue pasando el tiempo el dolor empezó a incrementarse, la inflamación en mi estómago ya era doloroso, mi cuerpo de debilitaba a cada paso que daba. Por fin llegó la ambulancia, ya eso era un circo al cual paso desapercibido cuando vi detenerse la ambulancia a un lado mío por protocolo me llevaron al hospital más cercano, pero el traslado realmente fue un martirio. En cada bache o tope, algún mal frenado o acelere, sentía ya mi abdomen desgarrarse.

Al llegar al hospital, a la última persona que pensé que vería, aunque realmente era a la única que quería ver, está ahí. Mi madre había llegado para estar conmigo, ¿cómo lo hizo?, es una pregunta que aún no me atrevo a hacer para no retomar ese momento de verdadera angustia que paso. Al verla ahí parada de lado de la camilla, le pregunte –¿qué haces aquí?, – fue extraña esa llamada a tu hermano y sabía que algo no andaba bien y el instinto de madre me hizo correr y venir a estar contigo.

Ya en el hospital una travesía mas, que sinceramente no creo que sea un evento aislado el encontrarnos con un hospital en donde no cuentan con los recursos mínimos para atender a los pacientes. Le dijeron a mi madre que si quería que me atendieran tendría que ir a comprar material y medicamento. Gracias a los paramédicos quienes, al no extrañarles esta situación, le marcaron al dueño del carro para avisarle lo que estaba pasando, que era muy probable que muriera si no me trasladaban a otro hospital.
– A donde lo pueden llevar para que le salven la vida
– Hay un hospital privado a 15 min de aquí
– Llévenlo

Esa fue la pequeña conversación que hizo volver a poner en marcha la ambulancia para trasladarme a donde esperábamos, pudieran ayudarme a salir con vida.

Segunda parada y mi esperanza de vida, ahí ya se encontraba el contador de la empresa y algunos otros compañeros de la oficina, vaya que si las noticias malas vuelan.

Todo fue muy rápido, aún recuerdo estar en la sala de operación rodeado de 5 personas, entre enfermeras y médicos, todos moviéndose rápidamente, pero con destreza. Vi como uno de los doctores se acercó a mí con bisturí en la mano, por impulso me incorporé para ver como la mano diestra del médico estaba haciendo una incisión en mi estómago, aún recuerdo ver como cortaban mi piel y secaban la sangre que no paraba de brotar. – puedes sentir esto – me pregunto el doctor, – ¡no, no los siento, pero puedo verlo bien. Tras la instrucción del doctor, el anestesiólogo duplico la dosis y yo por fin me quede dormido.

En esos segundo o minutos, no lo sé, en lo que caía en un sueño profundo, pasaron miles cosas por mi mente. Recordaba la mirada de mi madre aterrada pero su voz tranquila y mesurada, agradecí haberla podido ver. Sabía que tal vez, no iba a tener la oportunidad de despedirme de ella y de toda la gente a quien quiero, me preocupaba el dolor que sentirían ante mi perdida, las cosas que estaba dejando pendiente, mi trabajo, mi familia, hasta lo más absurdo paso por mi mente.

Tras despertar después de la anestesia, lo primero que pensé, es que estaba muerto. Pero no, el dolor y las náuseas seguro no eran de alguien que ya no estaba con vida, voltee a ver en donde me encontraba y mi nuevamente vi a mi madre, sentada en una silla a un lado de mi cama, dormida con su sweater tapándola y recuerdo bien un rosario entre sus manos. Nuevamente agradecí que ella estuviera conmigo.

Después de un par de días ya no era costeable el permanecer en ese hospital privado, ni para mi patrón ni para mi familia así que solicitaron mi traslado a un hospital público para poder continuar con mi recuperación, la verdad, era lo que menos me importaba, sabía que ya había salido de ese episodio dramático de mi vida.

Tras un par de semanas, por fin me dieron de alta. Mi madre había prometido mandas a todos los santos a quien me había encomendado y a nuestra Virgen de Guadalupe. En cuento me sentí apto para salir tenía una parada indispensable, la Basílica, a donde fui con mi madre a dar gracias por su intersección en mi recuperación.

A las pocas semanas, fui a la gasolinera, también tenía que agradecer al personal que me auxilio y que me aguanto mis gritos de desesperación. La chica quien había ido a solicitar ayuda a los policías me conto que la policía estuvo buscando el casquillo pero que en su momento no lo habían encontrado. – pero yo si lo encontré – me dio un pequeño casquillo de un proyectil calibre 22 que me perforo el intestino delgado y que por poco me hace perder la vida.

Aún conservo el casquillo en casa y siempre tendrá un lugar especial para guardarlo. La bala, nunca me la sacaron y aun la tengo dentro de mi cuerpo sin peligro aparente. Cuando llego a mi casa, sé que se completa el juego la bala que aún tengo dentro de mi cuerpo y el casquillo que donde salio ese proyectil.

Han pasado más de 6 meses y sigo trabajando en Uber y en la noche, porque estoy seguro que no podemos seguir viviendo con miedo, lo que si les puedo asegurar que después de esa experiencia siempre salgo encomendándome a Dios y nunca eh vuelto dejar al azar las precauciones que debo de tomar por mínimas que sean.

Esta segunda oportunidad de vida, no la desaprovechare, y esta es mi historia, una de tantas que todos los que trabajamos en las calles de esta ciudad te podríamos contar. Mi nombre es Margarito y soy chofer de Uber.

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Publicado por Raúl Gutiérrez

Soy el creador de Operaciones Especiales México, Diablito Sheriff y algunas otras plataformas de redes sociales. La pasión por la información nos hace diferentes a lo que estás acostumbrado a ver en los medios de comunicación.

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